Lee las primeras páginas de "La extranjera"

1ª confesión: en su terreno

 

Bajó las escaleras de la plaza de Santa María apresurada, con la visión de la catedral de Burgos a su izquierda. Al descender el último peldaño quiso disfrutar de la imponente vista, pero aquel día llovía torrencialmente y casi no podía alzar la mirada hacia el monumento. Era la primera vez que se encontraba frente a ella, pero no podía hacer más que correr hacia el interior y resguardarse del frío, subiendo deprisa los peldaños que llevan a la puerta de Santa María. Antes de acceder, aún a expensas de calarse bajo la lluvia, alzó la mirada. Observó el rosetón y cómo se imponían al visitante las dos largas torres. Rápidamente avanzó unos escasos pasos y se refugió en la catedral. Por fin estaba dentro.

 

Le llegó un intenso olor a incienso mientras dos ancianas atravesaban con ojos inquisidores el bajo calado de sus vaqueros. Ella misma los miró antes de inundarse de la vista que la rodeaba: la magnífica catedral gótica alzándose encima de ella, el ruido lejano y seco de la lluvia, la tenue luz. A su derecha atisbó la capilla del Santísimo Cristo de Burgos, dedicada exclusivamente a la oración y el culto. Abrió una pequeña rendija, escuchó el tenebroso murmullo de la misa a punto de finalizar y atisbó las imágenes fantasmagóricas de quienes se arrodillaban en los bancos. Alzó los ojos y contempló las arquerías góticas bajo las cuales se amparaban los fieles, sentados en bancos a ambos lados del pasillo. Este corredor recto finalizaba su recorrido en una imagen de Jesucristo crucificado, del cual recordó haber leído que databa del siglo XIV y se había realizado con cabellera y barba humanas, y que su cuerpo de madera estaba forrado por completo de piel de vacuno para aportarle un mayor realismo. Incluso en la distancia que la separaba podía vislumbrar la sangre representada en todo su cuerpo, excepto la zona cubierta por unos faldones. Apartó la vista y cerró la portada gótica bruscamente. «Estaba en su terreno.»

Por alguna razón que no podía evitar, estaba más nerviosa de lo que hubiera deseado. Sentía cómo le latía el corazón con insistencia bajo el jersey mojado, a pesar de que intentaba regularizar su respiración. Quiso pasear por la catedral para tranquilizarse, pero se hallaba en la zona de culto y oración y por tanto únicamente tenía acceso a la capilla de la que acababa de salir y a la capilla de Santa Tecla, a la izquierda de la entrada. Se dirigió a ella, deteniéndose primero debajo del llamado Papamoscas, un reloj sobre el que un enorme muñeco avisa las horas en punto dando una campanada con el brazo y abriendo la boca. Comprobó que faltaba más de media hora para la siguiente campanada, así que accedió a la capilla de Santa Tecla. A pesar de que paseó por su interior, entre los bancos, lo único que retuvo su mente era que se trataba de una capilla espaciosa con un retablo al fondo. Sus pensamientos no se encontraban en ese lugar.

Volvió a la nave principal decidida. La intensa lluvia no había espantado a los turistas, se dijo. Ella misma podía ser considerada perfectamente una turista, pero nadie más que el cura que habría de tomarle confesión podía descubrir qué rondaba en su cabeza. Había viajado desde Noruega hasta la misma catedral de Burgos únicamente para confesarse, y ahora que estaba en ella le temblaban las piernas. Tenía miedo.

La misa había finalizado en la primera capilla y comprobó en la hoja de anuncios, colgada en la entrada, que el horario de confesiones con los distintos curas acababa de iniciarse. Se adentró por el pasillo hasta casi alcanzar el enorme Jesucristo crucificado, llegando a la primera línea de bancos. Tanto a la derecha como a la izquierda había sendos confesonarios ocupados por curas y fieles. Disimuladamente, deambuló por uno y otro, y eligió en cuál de ellos habría de confesarse. A la izquierda del Jesucristo, en el confesonario más escondido, encontró al cura que recogería su secreto. Sentada en el banco principal y evitando volver la mirada hacia el cristo, demasiado real para ella, aguardó unos segundos a que un anciano terminara su confesión. Cuando quedó libre el confesonario, se obligó a levantarse y a ocuparlo, por mucho que pesara la intensa mirada del cristo sobre ella. Encontró a un cura canoso, con rostro firme, arrugas bien surcadas por todo su rostro, unas entradas incipientes de las que se había salvado buena parte del cabello, los párpados medio caídos y resguardando unos ojos cuyo color no pudo adivinar. Sería él.

«Ave María Purísima», dijo ella con un marcado acento extranjero. «Sin pecado concebida», respondió él. Estaba acostumbrado a ver turistas en la catedral, pero no a que se confesaran. Ella comenzó a hablar, primero unas palabras entrecortadas por la respiración y la timidez, pero luego inició un discurso que parecía tener aprendido. En su primera frase le costó concentrarse y comprenderla, hasta que tuvo que interrumpirla al confirmar que no estaba hablando en español. «Perdona, no entiendo.» Ella permaneció en silencio. Un corto silencio. Algo en ella le hacía sentir incómodo al cura. La joven puso la mano sobre la rejilla que los separaba, la apartó y sonrió muy suavemente, muy dulcemente. «No importa», expresó en un acento incluso más marcado que al pronunciar «Ave María Purísima». Sin duda, la anterior frase la había entrenado intensamente, hasta la saciedad.

Comprendió entonces que ella solo quería desahogarse, sin importarle que no la entendiera. «No podré ayudarte si…», pero antes de completar la frase ella retomó el hilo y comenzó a hilvanar su historia haciendo caso omiso al cura, hablando en noruego sin pausa:

—Hace veintitrés años el mundo entero centró su atención sobre un pequeño pueblo de Noruega. No por las imposibles temperaturas que marcaba su termómetro, sino por un horrible asesinato. Una mujer aparecía brutalmente asesinada en su casa, una típica casa de madera noruega. El autor del crimen se había ensañado con la joven de casi treinta años, produciéndole horribles moratones en los brazos y la espalda. Seguidamente, había usado un cuchillo de cocina para provocarle varios cortes pequeños por todo el cuerpo, como si de un horrible ritual se tratara. Finalmente, clavó en la víctima el cuchillo en cinco lugares distintos; primero el corazón, a continuación la clavícula, seguidamente el estómago, el muslo y por fin el brazo izquierdo. Se estima que fue exactamente de esta manera, ya que el asesino se había tomado la imperturbable molestia de grabar con cortes, y junto a cada cuchillada, un número que parecía indicar el orden.

»Según dijeron los vecinos, no gritó. Esperó a su asesino, recibió la violenta sesión sin alarmarse y se entregó a la muerte como si fuera a dormir plácida y eternamente. La policía no constató que hubiera usado algún método para acallarla o retenerla, como pudiera ser el típico pañuelo en la boca o cuerdas. Se limitó a recibir tranquilamente su destino, casi podría haberse fumado un cigarrillo aguardándolo. Eso estimaron los inspectores, ya que ni siquiera había signos de que se hubiera defendido.

»Desafortunadamente, fue su madre quien descubrió el cadáver a eso de las seis de la tarde, e inmediatamente, aterrorizada, temblando, gritando, llorando, paralizada, llamó a su marido y le anunció que su hija estaba… No se atrevió a terminar la frase, no acabó de encontrar las palabras que poder pronunciar sin sentir un escalofrío por todo su cuerpo. De pronto, con el teléfono en la mano, de espaldas al cadáver de su hija, del que ya había comprobado que estaba sin pulso, se quedó muda y no volvió a hablar nunca jamás con normalidad, y a partir de entonces tan solo fue una mujer que balbuceaba y tropezaba con sus propias palabras cuando estas aterrizaban en los labios.

»Al otro lado del teléfono su marido no comprendió las palabras. Tampoco le hizo falta. Llamó a la policía sin perder un segundo, subió al coche y atinó a llegar cuando dos patrullas habían subido al lugar del crimen. En el portal de la casa de su hija, un policía sujetaba a su esposa, que estaba en ese momento con la mirada perdida, rodeando sus hombros con su fuerte brazo mientras ella lloraba desconsoladamente, a veces mirando hacia arriba, tal vez queriendo ver por última vez a su hija. Salió del coche dejándolo con la marcha a medio poner, apartó a los vecinos y se abalanzó sobre ella, pero no pudo obtener nada inteligible.

»El policía le pidió amablemente que lo acompañara y le explicó, con todas las precauciones que pudo, que su hija había sido asesinada. “¿Sabe dónde se encuentra el marido de su hija?” Pero él no reaccionó.

»Se fundió en un abrazo con su esposa. No podía creer lo que oía, y tampoco sabía identificar si se trataba de una pesadilla o de la realidad.

»En los minutos siguientes, sucedidos entre lágrimas e incomprensión, otro policía les indicó que su nieta de tres años estaba en compañía de su abuelo paterno. “¿Saben dónde está el marido de su hija?”, les preguntó. No, no lo sabían. “¿En el trabajo, en casa de sus padres, con algún amigo, tenía un viaje de trabajo?” No, no lo sabían...

 

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