II. Abu Simbel, Assuán, Edfu, Komombo y Templo de Filae

Edfu y Komombo

En nuestro segundo día tenemos el placer de levantarnos mucho más tarde, a las seis de la mañana. La motonave ha remontado el Nilo hasta atracar en Edfu, cuyo templo está dedicado al dios halcón Horus. Este templo, el mejor preservado, no está al aire libre. La entrada está flanqueada por dos pilonos precedidos por un patio de columnas y Horus nos recibe mostrando la doble corona. Esta doble corona es la combinación de la corona de Alto Egipto y la corona de Bajo Egipto. Una vez ambos reinos se unificaron bajo un mandato, así lo hicieron también las coronas y es la que estamos acostumbrados a ver. 

En el interior, el templo se muestra exageradamente alto y formado por un laberinto de columnas, pasillos, cámaras y patios interiores que despistan al punto de que es imposible descifrar si es cuadrado, hexagonal, tenía dos plantas, una única con unas pequeñas escaleras a una sala que no puede flanquearse... En una de las terrazas conocemos el nilómetro. Se trata de unas escaleras que bajan hasta alcanzar un metro que indica la altura de las aguas del Nilo. 

Volvemos al barco para dirigirnos al templo de Komombo, en la misma orilla del río. En realidad se trata de dos templos, por lo que todas sus partes están duplicadas para adorar tanto a a Horus como al dios cocodrilo Sobek. No es por tanto extraño que hayan decidido preservar en el mismo templo momias de cocodrilos halladas en los lugares vecinos. 

El día finaliza en Assuán a una hora decente para conocer el mercadillo del pueblo, una mezcla de fuertes olores y de puestos con cientos de souvenirs para los turistas.

Hay que ir pronto a la cama para conocer Abu Simbel.

Abu Simbel, Assuán y Templo de Filae

El despertador suena a las 3:30 de la madrugada ya que decidimos ir en autobús en vez de en avioneta - más caro y yo diría también que peligroso. El trayecto dura aproximadamente tres horas y vamos todos los vehículos en línea escoltados por la policía. Se toman muy en serio las amenazas terroristas que había entonces (2009) y me imagino que ahora con mucha más razón. 

Rozando la frontera con Sudán se erigen dos templos excavados en una montaña que Ramsés II decidió construir, tanto para su propia veneración como la de su esposa preferida Nefertari. Descubiertos en 1813 cuando tan sólo se veía la parte superior del templo, prácticamente enterrado el resto por la arena, decidió llevarse a cabo en los sesenta una obra mastodóntica para salvarlos. Viendo las imágenes de antes y ahora, nada parece indicar que se han cambiado de sitio. 

EL impresionante templo de Ramsés II mide 35 metros de anchura y 30 de altura, está excavado en la montaña y flanqueado por cuatro figuras del faraón en diferentes momentos de su vida, acompañado por su mujer Nefertari y sus hijos a sus piernas.

En el interior, un pasillo de estatuas representando a Ramsés nos indica el camino hasta el mismo santuario. Escoltado  por dioses, es aquí donde su rostro se ilumina dos veces al año. 

El segundo templo, dedicado a su esposa, es de menor tamaño aunque no dejan de impresionar sus diez metros de altura. En esta ocasión nos dan la bienvenida seis colosos que representan al faraón y su esposa. 

Al regreso en Assuán visitamos la famosa presa que motivó el traslado de los templos. Una construcción impresionante de gran interés arquitectónico, pero que comparado con las maravillas conocidas a lo largo de estos días resulta un tanto insípida.

Es de noche cuando visitamos el Templo de Filae. Trasladado a la pequeña isla de Agilkia, es necesario subir en una barca para acceder al mismo. El templo ptolemaico dedicado a Ast, la gran diosa madre, se encuentra entre los mejores preservados actualmente, aunque fuera transformado en el año 535 en una iglesia y se viera inundado por las aguas del Nilo en su emplazamiento original, la isla de Filae. Finalmente su traslado a la isla sin que peligre su estructura.  

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